"Solo persisten las obras de hombre, que encarnan los más
altos valores de espíritu" OVR
Hablar de mi padre es recordar a un hombre que entendió que la vida no solamente consiste en alcanzar el éxito profesional, sino en dejar una huella en las personas y en las instituciones donde uno tiene la oportunidad de servir. Su trayectoria estuvo marcada por el humanismo, la educación, el compromiso social y una manera muy particular de entender el derecho: no como un instrumento para imponerse sobre los demás, sino como una herramienta para transformar la sociedad y encontrar soluciones a los conflictos.
Mi padre fue un abogado brillante, pero su formación humanista iba mucho más allá del conocimiento jurídico. En él estaba presente el ideal del transformador cultural, convencido de que los cambios verdaderamente importantes comienzan cuando las personas adquieren conocimientos, desarrollan su conciencia y comprenden su responsabilidad con los demás. Esa visión también estuvo vinculada con su participación como corifeo de la Asociación Católica de la Juventud Mexicana, donde su compromiso con los valores cristianos y la formación de los jóvenes contribuyó a fortalecer su vocación de servicio. En su vida, el ejercicio del derecho y sus convicciones personales encontraron un punto de encuentro: servir al ser humano.
Otra parte fundamental de su trayectoria fue su compromiso con la educación. Como abogado y académico, siempre procuró que su Escuela de Leyes ofreciera calidad educativa y una formación profesional a la altura de las responsabilidades que asumirían sus estudiantes. Para él, preparar abogados no significaba únicamente enseñar leyes, códigos y procedimientos; implicaba formar personas con criterio, responsabilidad y sensibilidad ante los problemas de la sociedad. Comprendía que un buen abogado debía conocer el derecho, pero también entender a las personas y las circunstancias que las llevan a buscar justicia.
Esa preocupación por la educación alcanzó una dimensión mayor durante su etapa como rector universitario. Con visión y determinación, impulsó el crecimiento de la institución, multiplicando las escuelas y ampliando la matrícula universitaria. Detrás de esa expansión existía una convicción que vale la pena destacar: la universidad debía abrir sus puertas a más jóvenes y convertirse en una oportunidad real de desarrollo. Su trabajo contribuyó a que nuevas generaciones encontraran en la educación una posibilidad de construir un futuro diferente. Porque cuando se invierte en la formación de las personas, se transforma también el destino de una comunidad.
Sin embargo, hay una enseñanza de mi padre que, desde mi perspectiva, tiene un valor especial y trasciende su trayectoria como abogado, académico y rector. Él entendía que los cambios sociales debían impulsarse desde la cultura, la educación y el entendimiento entre las personas. Recuerdo esa manera de ver la vida, expresada en una idea sencilla, pero profunda: no hay que pelearse con la gente; hay que buscar una salida al conflicto.
Esta enseñanza encierra una filosofía que hoy considero fundamental. No significa renunciar a nuestras convicciones, aceptar las injusticias o dejar de defender nuestros derechos. Significa comprender que el enfrentamiento permanente no siempre resuelve los problemas y que, en muchas ocasiones, la inteligencia, el diálogo y la voluntad de encontrar acuerdos permiten llegar más lejos que la confrontación.
Con el paso de los años, he comprendido que aquellas enseñanzas no se quedaron en el recuerdo familiar. Germinaron en mí y fueron dando forma a mi propia vocación. Mi interés por el derecho y, particularmente, por los mecanismos alternativos de solución de controversias, la mediación y la justicia colaborativa, encuentra una raíz en el ejemplo de mi padre. Mientras él me enseñó que la educación podía transformar a la sociedad y que los conflictos debían encontrar una salida, yo he procurado llevar esos principios al terreno de la práctica jurídica, convencido de que el abogado no tiene que ser necesariamente un protagonista del enfrentamiento, sino que también puede convertirse en un facilitador de entendimientos.
Por eso, cuando pienso en mi vocación como abogado colaborativo y pacifista, reconozco que tiene una historia, un origen y un referente moral. Mi padre me mostró que el conocimiento jurídico adquiere mayor sentido cuando se pone al servicio de las personas; que la educación es una fuerza capaz de cambiar realidades y que la grandeza profesional no se mide únicamente por los cargos ocupados o los reconocimientos obtenidos, sino por la influencia positiva que dejamos en los demás.
Hoy entiendo que honrar su memoria no consiste solamente en recordar lo que hizo, sino en procurar que sus principios sigan vivos en mi propia conducta. Cada vez que participo en un proceso de mediación, invito a las personas a escucharse o busco una alternativa para evitar que un conflicto se convierta en una confrontación mayor, encuentro una conexión con aquella enseñanza que recibí en casa. Es mi manera de contribuir a una sociedad más culta, más humana y capaz de resolver sus diferencias sin destruir sus relaciones.
El verdadero valor de su ejemplo está en haberme enseñado que el derecho debe servir para unir, la educación para transformar y el diálogo para encontrar caminos donde otros solamente ven enfrentamientos. Él contribuyó al desarrollo de las instituciones, a la formación de estudiantes y al crecimiento de la vida universitaria; yo procuro continuar esos principios desde la abogacía colaborativa, la mediación y la construcción de la paz.
Los padres no solamente nos dejan recuerdos; también nos transmiten una manera de comprender la vida y la responsabilidad de decidir qué hacemos con sus enseñanzas. La mejor forma de honrar a mi padre no es repetir su historia, sino mantener vivos sus valores y llevarlos a nuevos espacios.
En mi caso, ese camino tiene un sentido muy claro: ser abogado, mediador y pacifista, convencido de que detrás de cada conflicto hay personas que necesitan ser escuchadas y que, aun en medio de las diferencias, siempre vale la pena buscar una salida que nos permita vivir en paz.
Esa es la enseñanza de mi padre que llevo conmigo: transformar la confrontación en entendimiento y poner el derecho al servicio de la paz.
Alberto Villegas Cabello
Abogado y Mediador









