“Un hombre puede morir, las naciones pueden levantarse
y caer, pero una idea vive.” — John F. Kennedy
La vara está tan alta que, en lugar de construir más, algunos prefieren caer tan bajo que terminan intentando destruir aquello que alguna vez ayudaron a levantar. Es una de las contradicciones más grandes del ego: participar en la construcción de un legado y, cuando ya no se ocupa el lugar que se desea, intentar desacreditarlo, minimizarlo o destruirlo. Construir exige trabajo, paciencia y visión; destruir puede ser solamente una reacción del orgullo herido.
Un legado no pertenece exclusivamente a quien pretende colocarse al frente de él. Un legado se construye con muchas manos, muchas ideas, sacrificios y momentos que quizá nunca quedaron escritos en ninguna parte. Quien verdaderamente entiende el valor de una obra sabe reconocer a quienes participaron en ella. Pretender borrar esas aportaciones para quedarse con todo el mérito no es grandeza; es una forma pequeña de interpretar una historia que siempre será más grande que cualquier individuo.
La egolatría aparece cuando el reconocimiento personal comienza a ser más importante que la obra. Entonces el propósito deja de ser construir y se convierte en demostrar quién tiene la razón, quién tiene el poder o quién merece los aplausos. El problema es que una persona dominada por su ego puede terminar confundiendo liderazgo con protagonismo y autoridad con superioridad.
El narcisismo llevado al terreno del liderazgo resulta todavía más peligroso. El verdadero líder no necesita destruir lo que otros hicieron para demostrar su importancia. Al contrario, procura que aquello que recibió crezca y alcance nuevas dimensiones. La persona segura de su capacidad no teme reconocer el trabajo ajeno, porque sabe que reconocer a otros no disminuye su propia grandeza. La humildad, en ese sentido, no es debilidad: es la capacidad de entender que nadie construye solo.
Cuando la vara está alta, el verdadero desafío es elevarla todavía más. Si alguien participó en un proyecto exitoso, su obligación moral debería ser aportar para que ese proyecto sea todavía mejor. Hay grandeza en superar lo que uno mismo ayudó a construir; pero hay pobreza de espíritu cuando, incapaz de superarlo, se intenta destruirlo. No hay mérito en bajar la vara para sentirse más alto.
Y aquí aparece una pregunta inevitable: ¿qué queremos dejar cuando ya no estemos presentes? Las posiciones pasan, los cargos terminan y los nombres dejan de estar en las primeras filas; pero las ideas, los valores y las obras pueden permanecer. Un legado verdadero no depende de una persona, porque nace de algo mucho más grande: del esfuerzo colectivo y de la huella que se deja en los demás.
Por eso, cuando la vara está tan alta, solamente existen dos caminos: construir más o caer más bajo para destruir. El primero requiere talento, humildad y trabajo; el segundo solamente necesita ego. Al final, el tiempo suele ser el juez más imparcial: distingue a quienes construyeron por convicción de quienes solamente necesitaban reconocimiento. Porque un verdadero legado no se destruye con egos desmedidos; se fortalece cuando quienes lo recibieron tienen la grandeza de continuarlo, mejorarlo y entregarlo a las nuevas generaciones.
Alberto Villegas Cabello
Abogado y Mediador

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